Desde que lo leí por primera vez empecé a considerar a Beigbeder un gurú de una posible filosofía actual. De lo superficial y lo profundo. De la vida rápida de nuestros días, el trabajo, el éxito, el fracaso, lo efímero de la belleza, las compulsiones humanas, el sexo, y por supuesto el amor.
Según él, éste duraba tres años, sin embargo, acababa diciéndolo con la boca pequeña, quizás vislumbrando una luz al final del camino que pretendía escapar del determinismo científico y acoger un hálito de esperanza para el amor sin fecha de caducidad.
Ese hálito de esperanza es el que tiene cualquier enamorado al leer ese libro.
Es curioso cómo la ciencia nos sirve para justificar determinados comportamientos y al mismo tiempo éstos se ven desmontados por un sentimiento que revoluciona todo tu ser y te hace impermeable a lo racional. Es la clásica lucha mente/corazón donde la lógica siempre sucumbe al impulso del hombre.
Ahora me siento engañada: El amor dura tres años, ya nos lo advirtió Frédéric, pero, ¿acaso alguien le creyó? ¿No pensamos que tal devastadora aseveración, discutible cuanto menos, no era otra mera estrategia marketiniana?
Pues parece ser que no. Beigbeder, no te olvides de poner en tus libros una advertencia en la primera página, como si de un paquete de Marlboro se tratase:
“La verdad puede causar daños irreparables”
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