sábado, 19 de febrero de 2011

El milagro de los panes y los peces versión 2.0


Según entro al  teatro un intenso olor a sándwich revenido inunda mi pituitaria. No es fruto de algún bar cercano,  sino de  los más de 120000 panes de hamburguesa que cubren el suelo del escenario de la última representación de Rodrigo García, Gólgota Picnic.

No es caprichosa esta alfombra, ya que simboliza,  además de un actualización del milagro, nuestra sociedad de consumo actual y pretende poner en contacto estrecho al espectador con la obra desde el primer minuto, a través de la  inundación de obscenos y contundentes estímulos. Éstos mismos parece que son los que le han provocado  la biblia al autor, que plantea esta satírica merendola en términos de crítica al cristianismo en la base de la sociedad occidental (como ya planteaba Nietzsche), que ha tratado a través de una falsa imagen de ideales inventar un mundo religioso promovido (por) y plasmado (en) imágenes de violencia, resentimiento y falsa perfección, en un afán de esconder el sentido trágico de la existencia.

La mezcla de lo absurdo, la deshumanización y la agresión visual es el hilo conductor de un discurso que utiliza todo tipo de imaginería bíblica y mezcla el tono trascendental con disrupciones enormemente cotidianas, que de nuevo introducen de lleno al espectador en el diálogo.

 Entre otros muchos tópicos, la obra trata el resultado de la instauración de valores bíblicos  propios del rebaño, como la obediencia, la culpa,  el pecado y el actual materialismo   que encuentran su sustrato cotidiano en conductas como el uso del último modelo de teléfono móvil, la compra del coche de moda o la visita semanal al Mc Donalds de tu barrio. Conductas que se contraponen a lo singular y a lo elevado, y que enarbolan la supremacía de la mediocridad. Kilos y kilos de la carne que nos dan que comemos y vomitamos como si tal cosa.

La lucha cristiana contra el orden natural, el intento de perfección y el idealismo en un sentido platónico, queda representado por el acto demagógico y populista del milagro de los panes y los peces. La política que vende el bienestar prodigando desgracia, construyendo sobre la base del mal, de la muerte y del sentido nimio de la vida, no ha cambiado en siglos. Esto hace pensar que no hemos subsanado nuestros errores, tan sólo hemos aprendido a buscar un papel de regalo más bonito.

Gólgota Picnic provoca sensaciones en el espectador de incomodidad, asco, vergüenza  y  desasosiego, al hilo de escatologías bíblicas. Tremendo espectáculo que estimula sensorialmente al espectador por todas las vía posibles y que le ayudan a compartir una catarsis con 45 minutos de final feliz y sosegado, donde por fin uno descansa.

domingo, 9 de enero de 2011

Homenaje a Beigbeder



Desde que lo leí por primera vez  empecé a considerar a Beigbeder un gurú de una posible  filosofía actual. De lo superficial y lo profundo. De la vida rápida de nuestros días, el trabajo, el éxito, el fracaso, lo efímero de la belleza, las compulsiones humanas, el sexo, y por supuesto el amor.
Según él, éste duraba tres años, sin embargo, acababa diciéndolo con la boca pequeña, quizás vislumbrando una luz al final del camino que pretendía escapar del determinismo científico y  acoger un hálito de esperanza para el amor sin fecha de caducidad.
Ese hálito de esperanza es el que tiene cualquier enamorado al leer ese libro.
Es curioso cómo la ciencia nos sirve para justificar determinados comportamientos y al mismo tiempo éstos se ven desmontados por un sentimiento que revoluciona todo tu ser y te hace impermeable a lo racional. Es la clásica lucha mente/corazón donde la lógica siempre sucumbe al  impulso del hombre.
Ahora me siento engañada: El amor dura tres años, ya nos lo advirtió Frédéric, pero, ¿acaso alguien le creyó? ¿No pensamos que tal devastadora aseveración, discutible cuanto menos, no era otra mera estrategia marketiniana?
Pues parece ser que no. Beigbeder, no te olvides de poner en tus libros una advertencia  en la primera página, como si de  un paquete de Marlboro se tratase:
“La verdad puede causar daños irreparables”